El Cerdo Volador - Susana Baizabal

El Cerdo Volador

Del montón de cosas creí imposibles que existieran, recuerdo un par especialmente:

– Los vampiros, que me daban mucho miedo desde que era niña

– Los fantasmas, porque nunca pude ver el que mi hermano señalaba

Le platicaba hoy a un amable emprendedor que inicia su camino, con el cual nos hemos vuelto amigablemente clientes mutuos, que cuando uno crece descubre que ciertas cosas no existen pero existen unas más sorprendentes.

-Y más malas- me dijo él, mientras me atendía en su consultorio- porque yo de niño le tenía un poco de miedo a los monstruos. Ahora les tengo más miedo a ciertas personas.

– Es posible – le contesté – sin embargo no debemos dejar que eso nos detenga, si nos enfocáramos en lo negativo probablemente no terminaríamos nunca.

Mi simpático interlocutor me miró asintiendo sin estar muy convencido. Mucho más joven que yo, la empresa que ha establecido es su primera empresa. Cuando veo su rostro veo el mío hace un par de años.

-Todo estará bien- le digo adivinando que se ha enfrentado a muchos retos en las últimas semanas- lo importante es continuar. Tienes la fuerza y la capacidad, comprendo que a veces es difícil pero sé optimista, sé positivo; has dado el paso más difícil ¡Te has decidido a hacerlo!

– Sí- contesta y entonces finalmente sonríe- Finalmente me he atrevido a hacerlo ¡¡Lo hice!!

cerdo-voladorMi nuevo cliente y amigo observó entonces con los ojos llenos de triunfo ese nuevo lugar que ahora es suyo. La empresa huele a nuevo pero solo son las oficinas; él ya tiene un rato trabajando y se nota en su profesionalismo y dedicación. A mis ojos, su oficina es hermosa; recién pintada, con un par de cosas nuevas, cada detalle está perfectamente acomodado con amor.

-Y sin embargo ha sido tan poco tiempo y tan difícil- dice recordando algo y el triunfo en sus ojos se apaga. Me preguntó ¿será cada día más difícil?

No, no será cada día más difícil pero sí, es posible que cada día surja un nuevo reto.

Y ¿sabes? Es muy normal. Estarás perfectamente bien. ¿No nos pasa eso incluso en la vida?

Te voy a contar lo que le conté a él.

Cuando crecí y descubrí que los vampiros no existían realmente, me sentí aliviada. El alivió me duró un par de años hasta que conocí a un par de personas que parecían vampiros no porque chuparan tu sangre sino porque parecía que chupaban tu energía, tu vida, tu dinero.

-Esto tiene que ser una maldita broma- pensé entonces. Y a mi mente adulta volvió el pánico de cuando era niña. Lo peor es que estos vampiros no eran fácilmente identificables, podían salir un rato al sol, no tenían colmillos visibles y algunos incluso podían mirarte a los ojos y decirte una de dos frases:

– Te amo, te quiero

– Puedes confiar en mí, soy honesto.

¡A veces incluso descubrí que podían decirte ambas frases!

Como la primera vez que conocí a uno de esos, no me afectó directamente, pude verlo de manera objetiva:

– Solo deshazte de él- le aconsejé a mi amiga que tenía una relación con uno de esos.

– Solo deshazte de él-le aconsejé a mi amigo que había hecho negocios con uno de esos.

Por supuesto en ambas ocasiones recibí la misma respuesta:

– No es tan sencillo

¿No lo era? Yo no podía comprenderlo ¡Eran vampiros! Solo había que exponerlos al sol y la propia luz haría el trabajo. No había que tomárselo tan a pecho ni darle tanta importancia. No era necesario crear demasiado drama al respecto.

Un par de años después, cuando descubrí que tenía a uno de esos junto a mí, en una relación, fue cuando comprendí realmente el asunto:

– No es tan sencillo- le dije a varios amigos- ¿Qué puedo hacer?

-Sólo déjalo ir- me aconsejo mi sabia terapeuta- confróntalo y si es un “vampiro” déjalo ir.

Así que lo confronté:

– Hey – le pregunté un día a solas – ¿eres un vampiro?

– Siempre me acusas de cosas que no soy – me contestó él, mirándome a los ojos- son tus propios miedos e inseguridades. Le tienes miedo a los vampiros desde que eras una niña así que ves vampiros en donde sea y en quienes no lo somos.

Acepté su respuesta y me quedé callada. Un par de semanas, sin embargo, al ver que se ocultaba de la luz volví a preguntarle:

– Te prometo que no voy a gritar. Dime la verdad ¿eres un vampiro?

– No, y me ofende que me lo preguntes- Me contestó de manera menos amable pero mirándome a los ojos- Son tus miedos e inseguridades.

Volví a quedarme callada pensando en mi error. Y entonces, un día, le descubrí realizando una acción claramente que lo delataba:

– ¡Eres un vampiro!- lo acuse sin paciencia.

– Sí, lo soy- aceptó entonces- no sabía cómo decírtelo.

– ¡Te lo pregunte varias veces! ¿Por qué no me lo dijiste?

– Por mis miedos e inseguridades.

Y entonces salí corriendo.

La historia se hubiera quedado ahí si no hubiera sido porque teníamos un vínculo de negocios. Anteriormente ya me había ido corriendo en una relación personal y de una de negocio ante la idea de que las personas involucradas acabaran comiéndome.

-Tienes que regresar y arreglar todo- me dijo mi amigo atleta, una mañana en la que fuimos a andar juntos en bicicleta- cierra ese ciclo de una vez.

-Es un vampiro ¿no ves? –le contesté casi sin aliento- va a comerme.

-Son tus inseguridades- me respondió mi amigo- deja el drama, es lo que tú has decidido que sea. Cambia tu percepción.

Sentí un poco de enojo pero entonces decidí escuchar a mi amigo. Mi mente se revolucionó:

– Yo no puedo decidir qué es lo que veo- le contesté- es lo que es. Él es un vampiro y sí me asusta.

– ¿Y por qué lo has etiquetado como “vampiro”?

– Pues… vuela y no sale al sol y…

– Puede tener la piel sensible- me respondió mi amigo atleta apenas conteniendo su risa- y bueno digamos mejor que es un cerdo volador.

¿Un cerdo volador? Me pregunté en silencio y la imagen apareció tan nítidamente en mi cabeza que me solté a las carcajadas. Tuve que bajarme de la bicicleta, mi amigo hizo lo mismo y se unió a las risas. Nos quedamos diez minutos ahí, completamente ajenos al mundo, únicamente riendo.

Cambiar mi percepción fue una buena idea. Regresé y confronté la situación sin el miedo que un vampiro me significaba.

Cuando observé a esa persona nuevamente, lo vi por última vez como vampiro. Al abrirme la puerta, todo aquello que no había visto pero había imaginado se presentó ante mí durante un segundo: la capa, la piel pálida, los colmillos llenos de sangre, la mirada malvada y detrás de él, su nueva vampireza igualmente malvada y aterrorizante.

Y entonces, todo se cayó de pronto. La capa, de negra, cambió a unas alas blancas y el rojo de la sangre cambio a un rosa que cubrió toda su piel. De pronto me pareció adorable, simpático; ambos y me sentí tan enternecida que los tomé a ambos entre mis brazos:

– Pero si son ambos adorables- les dije- y son aparte una pareja adorable.

– Has venido a negociar así que negociemos- me dijo él, molesto y yo lo puse en el suelo. Si un vampiro me hubiera hablado así, me hubiera asustado y quizás de nuevo me hubiera ido corriendo; como me lo dijo un personaje adorable y simpático, solo atine a sonreírle mientras lo dejaba en el suelo.

Negociamos con mi miedo fuera. Jamás volví a verlo como un vampiro. Semanas después, lo volví a ver, volando en el cielo y no me pareció ni bueno ni malo simplemente algo un poco fuera de lo común.

-Y después de un tiempo- me dijo mi terapeuta por mensaje cuando le conté está misma historia- verás a ese ser como lo que realmente es… un ser tan hermoso como tú, un maestro.

– Es como decidir ver en lugar de problemas, retos y oportunidades. Aventuras- le dije a mi nuevo cliente y amigo en su consultorio para terminar la historia.

– Tienes un punto – me contestó- y gracias, me ayuda tu perspectiva… aunque a veces creo que estás un poco loca.

Me dio risa la comparación y me pregunté en silencio ¿si me verá como una loca con camisa de fuerza o como un dibujo animado ridículo?

Él pareció adivinar mi pensamiento y se empezó a reír. Nos quedamos diez minutos ahí, completamente ajenos al mundo, únicamente riendo.

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